Planes de estabilización y austeridad: que nadie se rasgue las vestiduras



A mediados de la década de 1940, en un mundo en plena convulsión bélica, la circunstancia económica general de nuestro país era, por el contrario, de prosperidad y estabilidad. Como un ejemplo, nuestra inflación se mantenía, desde hace varios años, inferior al +6% anual. Aquel contexto era solo opacado por una muy penosa situación moral de neutralidad que Argentina mantenía ante la Segunda Guerra Mundial, al aislarse en términos de geopolítica de toda la región de Latinoamérica, que había adherido a las fuerzas aliadas. Si bien existió luego, muy tardíamente, una vergonzosa declaración de guerra a una Alemania ya vencida, recién en marzo de 1945.

Aquel auge económico argentino sucedía, en términos muy generales, en primer lugar porque, debido a la referida Segunda Guerra Mundial, obviamente habían cesado casi todas las importaciones desde Europa y, como consecuencia, se había comenzado a desarrollar una industria local, pero muy protegida por esa extrema circunstancia bélica. En segundo término, porque las exportaciones de alimentos, cereales y carnes, continuaron operando pese a la guerra, e incluso y lógicamente se incrementaron fuertemente al final de esta.

Ambas circunstancias, claramente externas, le habían permitido al país acumular reservas de divisas y de oro “que dificultaban caminar por los pasillos del Banco Central”. En ese contexto de euforia, desde 1946, en la primera presidencia de Juan Perón, se compraron todos los títulos de la deuda pública externa, que no era importante y por la cual se pagaba una tasa de interés relativamente baja, y se la transformó en deuda interna. Se adquirieron también los sistemas de ferrocarril, de transporte fluvial y aéreo, de la energía (el petróleo, el gas y la electricidad) y todo el comercio exterior del país quedó a cargo del organismo estatal Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), que atrapaba casi toda la renta agropecuaria.

El aislamiento, la pretensión del autoabastecimiento, el consumo de los stocks de los ahorros financieros y de la infraestructura pública, la caída de la producción por la ausencia de los siempre necesarios incentivos, la falta de inversión, la escasez resultante y el control de los precios no solo fueron una historia reciente, también ocurrió entonces. Pero, finalizada la Segunda Guerra, se fueron reconstruyendo los circuitos económicos internacionales, lo cual ocurrió muy rápidamente bajo los acuerdos de Bretton Woods, y no se concretó la hipótesis argentina de entonces de una inmediata tercera guerra mundial. Tampoco se generó, pese a las transferencias económicas compulsivas desde el campo, una burguesía nacional industrial genuinamente productiva.

La referida circunstancia de bonanza, por razones externas, y de euforia económica había llevado la inflación al +13% en 1945 y a casi el +40% en 1952. Para entonces, a la “heterodoxia económica” (bajo el lema de que la política guía siempre a ultranza a la economía) se le había acabado “el combustible”, siempre necesario. El mismo presidente Perón, para su segunda gestión, ya había desplazado al responsable de aquella economía, Miguel Miranda, y había convocado a Alfredo Gómez Morales, que, con una economía de la ortodoxia clásica, controló el gasto público, desarmó el IAPI para que el campo volviera a producir, congeló los convenios colectivos por 2 años, sancionó una ley de inversiones extranjeras que permitía a las empresas foráneas regresar y enviar remesas a sus sedes centrales, entre ellos, a la misma petrolera California de los Estados Unidos.

Incluso, el mismo Juan Domingo Perón convocó a un “congreso de la productividad” a los empresarios de la confederación general económica, junto a los dirigentes sindicales de la CGT y, ya por entonces, hace más de 60 años, ese congreso recomendó cesar con los abusos y los ilícitos del régimen laboral. La inflación disminuyó al +4% en 1953 y 1954. Incluso en lo político se le dijo adiós a la llamada “tercera posición” y el país, absteniéndose en la votación en una Conferencia de las Américas en Caracas, se alineó con los Estados Unidos ante el caso de Guatemala, una especie de prefiguración naciente de lo que ocurriría después con Cuba. Que nadie en Argentina se rasgue las vestiduras ante el histórico ciclo de “las fiestas y los ajustes”.

El autor es abogado, profesor universitario e investigador económico de la Fundación Pensar 



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