El amor tras el huracán Weinstein



En octubre del año pasado, el productor de Hollywood Harvey Weinstein saltó a la actualidad tras publicarse en dos medios de comunicación decenas de acusaciones en su contra por acoso y abuso sexual.

Se rebeló que quien parecía un exitoso y poderoso magnate del cine era en realidad un auténtico depredador sexual, un abusador en serie que había ido dejando un reguero de víctimas a lo largo de su vida profesional, aspirantes a actrices muchas de ellas hoy convertidas en celebridades.

El caso Weinstein tuvo un efecto dominó, tras el que empezaron a salir a la luz en cascada, con nombres y apellidos, acusaciones de acoso y agresión sexual contra famosos y poderosos, y generó una respuesta en instituciones y empresas contra los acusados por esos hechos.

Con el nombre #MeToo (“yo también”) se convirtió en una campaña mundial en Twitter que animaba a las mujeres a contar sus casos, y que ha tenido sus propias versiones en distintos países (como la campaña francesa #balancetonporc, algo así como “delata a tu cerdo”).

Sin duda el caso Weinstein marcará un antes y un después en lo que se considera un comportamiento sexual inapropiado y contribuirá a que queden más claros los límites, dando más poder a las mujeres para decir “no” y castigando socialmente a quienes se comportan de forma intolerable.

Pero en todo este asunto hay otras víctimas.

Los hombres y mujeres normales, que no abusan de nadie y viven las relaciones con los demás de forma respetuosa y sana, son de hecho víctimas inocentes de las aberraciones sexuales de una minoría que cree que todo les está permitido.

Debido a los abusos de unos pocos, la sospecha y la desconfianza están ganando terreno en el conjunto de la sociedad, hasta el punto de que cada vez es más problemático conocerse, conversar y seducir de forma normal, sin preocuparse de que algún día puede ser castigado por denuncias injustificadas o directamente falsas.

En mis años en la escuela primaria, había niños a los que les gustaba hacer comentarios desagradables, hacer gestos obscenos y levantar las faldas de las niñas, comportamientos que como es natural los profesores detenían.

Más tarde, hacia la adolescencia, la conversación principal entre los chicos durante el recreo eran las chicas y los logros de algunos de la clase particularmente avanzados.

Con el paso de los años, las cosas se van poniendo en su lugar. Estudios, trabajo, ocio, familia… y el sexo va teniendo un protagonismo mucho menor.

Aunque no tanto. Hace unos años se hizo público un estudio de la Universidad de Ohio (EEUU) en el que los investigadores trataban de averiguar cuánto piensan en el sexo tanto los hombres como las mujeres. El resultado fue que la mayoría de los hombres tienen 19 pensamientos sexuales al día (aunque alguno de los sujetos del estudio llegaba a 388), mientras que, por término medio, una mujer tiene ese tipo de pensamientos 10 veces al día (el récord en las mujeres investigadas estaba en 140). (1)

El estudio sin duda no era metodológicamente perfecto. Es lo que se conoce en psicología como “el problema del oso polar”, un concepto surgido de un estudio paradigmático en el que los participantes debían evitar pensar en un oso polar, y lo que ocurrió es que no consiguieran sacarse de su cabeza la idea de un oso blanco. Esto demuestra que basta estar estudiando algo para que los participantes piensen más en ese algo.

Pese a sus limitaciones, el estudio de la Universidad de Ohio pone de manifiesto que pensar en sexo es mucho más frecuente de lo que podría parecer. Lo cual, como es obvio, no significa que todo valga a la hora de relacionarnos sexualmente con nuestros congéneres.

No hay excusas para que monstruos como Harvey Weinstein y tantos otros weinsteins anónimos campen a sus anchas.

Muchas civilizaciones han encontrado como solución al deseo carnal supuestamente irreprimible de los hombres la de confinar a las mujeres en sus hogares, en cabañas o en harenes cercados por altos muros, de donde sólo pueden salir con su padre o sus hermanos, vestidas con ropa que las cubra. Esto no es sino una forma abominable de pensar que todos los hombres son seres abyectos y de condenar a las mujeres, cosificarlas y privarlas de sus más elementales libertades y derechos.

En Occidente la solución pasa por la educación desde niños de hombres y mujeres en el respeto al otro, y por un sistema policial y judicial represivo contra los hombres que no pueden o no quieren controlarse. Y también, sobre todo a raíz del caso Weinstein, por dar voz y credibilidad a las mujeres que sufren abusos.

Todo esto es el lado oscuro del deseo sexual, pero también está el otro lado.

El lado bueno del deseo sexual

El deseo carnal ni es sólo negativo ni tampoco únicamente masculino.

Este deseo es el que permite el erotismo, que es el logro supremo de una relación amorosa exitosa.

Eros era el dios del amor de los griegos; Platón se refirió a él como “el que hace el mayor bien a los hombres”, “el más viejo, el más augusto y el más capaz de hacer al hombre virtuoso y feliz durante su vida y después de la muerte”. (2)

Los grandes maestros espirituales y religiosos han dejado testimonio de que “el amor lo puede todo”, “el amor mueve montañas”, “sin el amor no soy nada”…

El amor respetuoso, intenso y auténtico es una de las experiencias más increíbles que le pueden pasar a un ser humano.

La experiencia erótica

Bien gestionada, la experiencia erótica roza la magia y el viaje intersideral.

Las normas de la gravedad parecen abolidas, el tiempo se detiene. Los cuerpos están tan enredados que parecen uno. Las sensaciones y los olores se entremezclan con el vértigo, antes de hacerle olvidar a uno quién es, dónde está y qué está haciendo, para convertirle en una pura sensación de voluptuosidad infinita.

En lo más alto de la pasión, dos amantes podrían pasar varios días sin comer y sin dormir; absorbidos, fundidos. Las caricias y los besos, las promesas y las declaraciones ardientes serán su alimento, y sus protagonistas, hombres y mujeres, guardarán para toda la vida el recuerdo nostálgico de esos momentos increíbles y deliciosos.

Espero que no se sonroje cuando hable de estos temas.

Lo ideal sería preocuparse de cómo vivir esta experiencia y cómo renovarla.

Convertir el amor en un aburrido acto administrativo

Para combatir los abusos hay quien propone medidas de lo más drástico. Así, ciertas universidades estadounidenses han comenzado a repartir entre sus estudiantes “kits de consentimiento consciente”, que incluyen un contrato, un bolígrafo y preservativos. (3)

La idea es dejar atrás cualquier riesgo de ambigüedad, plasmando por escrito antes de mantener relaciones sexuales hasta dónde se está dispuesto a llegar. Y para quien se haya olvidado su “kit” en casa ya hay incluso una aplicación móvil que permite registrar los contratos. (4)

Lo sé, suena un poco de locos. Es cierto que el número de abusos y acoso entre jóvenes es alarmante, llegando incluso a banalizarse el problema en algunos casos… Sin embargo, ¿de verdad es ésta la solución?

Verse en la obligación de hacer un inventario previo de los tipos de caricias que están o no permitidas en un momento tan íntimo me parece una forma excelente de… ¡echar por tierra todo romanticismo y erotismo! El sexo terminaría convirtiéndose en un acto administrativo carente de todo interés, en vez de la maravillosa experiencia que debería ser.

Los peligros de la transparencia

De hecho, la emoción que nos hace perder la cabeza y la razón no nace en un marco claro, transparente y normal.

El erotismo, por el contrario, florece en el claroscuro, la incertidumbre, la ambigüedad y el desorden de las almas.

Cerramos los ojos. Nos rodeamos de un halo enigmático. Sólo hablamos con el aliento…

En ese momento, coger la mano, rozar la rodilla o atreverse a dar un beso se convierten en momentos de increíble intensidad.

Porque si es tan emocionante llegar al final de la experiencia carnal, es precisamente porque no sabemos en un principio lo que va a suceder. No sabemos lo que la otra persona quiere, ni uno mismo lo sabe bien. Porque la magia de estas situaciones también está en la incertidumbre y en ir explorando juntos el terreno de esa nueva relación.

Hay que temblar un poco, estar nervioso y preguntarse qué va a pasar (“¿Se atreverá?” “¿Nos descubrirán?”…).

Tras los acontecimientos, todo el arte consiste en ir mostrando sus cartas gradualmente. En muchos casos habrá que aparentar resistirse -aunque no mucho- antes de darse por vencido.

Por último, los momentos de entrega absoluta, de desnudez total, sólo valen en la intimidad de la alcoba, la penumbra o la noche en la cálida arena, no bajo la luz de las luces de neón.

El erotismo es exactamente lo contrario de un trayecto en metro o cercanías, una línea que se sabe de memoria. Cuando se conoce toda la ruta, está marcada y planificada de antemano, la experiencia erótica pierde gran parte de su interés. Siempre es agradable, por supuesto, pero es más bien como un gran abrazo a su oso de peluche.

El amor, amenazado de muerte

El terremoto que provocó el caso Weinstein ha tenido el mérito de denunciar a los auténticos violadores, a los abusadores sistemáticos, a los que utilizan su posición de poder para doblegar voluntades y tomarse libertades indecentes. Ese poder puede ser tan grande como el de un productor de Hollywood o tan pequeño como el de un simple jefecillo en una oficina; pero poder a fin de cuentas.

Pero el huracán de la denuncia corre el riesgo de llevarse por delante todo, sin matices ni criba alguna.

Y lo que podría empezar a estar amenazado de muerte es el propio amor.

¿Qué opina usted de todo esto? Me encantaría que compartiera su punto de vista y sus reflexiones más abajo con el resto de lectores de Tener S@lud, para hacer el debate mucho más rico y diverso.

 

Fuentes:

  1. The Journal of Sex Researh.
  2. “Fedra”, de Platón.
  3. Línea de productos “Consentgear”.
  4. We-consent (TM) App.

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